Estrella: La luz de la ciudad (1)
Aug 15, 2025 - ⧖ 4.0 minEn una ciudad gris y a veces cruel, vivía una niña llamada Laia. Nació en una familia humilde, pero cuando era muy pequeña, sus padres se separaron y su vida dio un vuelco. Ella y su madre acabaron en la calle, pidiendo algo para comer. Los días eran duros, pero Laia tenía un corazón tan limpio como el cielo después de la lluvia: nunca robó, y lo poco que recibía lo compartía con su madre y con los pocos amigos que había hecho entre callejones y plazas.
Una tarde de invierno, cuando Laia tenía 12 años, vio a una anciana que intentaba cruzar la calle en medio de una tormenta. De pronto, un coche perdió el control y se dirigía hacia ella. Laia, sin pensarlo dos veces, corrió, la empujó fuera del camino… y el golpe la alcanzó a ella. Sintió dolor, frío… y después, silencio.
Cuando abrió los ojos, ya no estaba en la calle. Estaba en un lugar extraño, envuelto en luz dorada. La anciana se acercó, pero parecía distinta, ya no era una anciana, sino una mujer mayor con un aura de fuerza y realeza. Y cuando habló, para sorpresa de Laia, su voz era majestuosa.
—No soy lo que parezco —dijo sonriendo—. Soy Atenea, diosa de la sabiduría y la justicia. Has demostrado un valor y una bondad que merecen ser recompensados.
De sus manos surgió un báculo hecho de energía pura, que vibraba como un rayo atrapado.
—Con esto, serás capaz de mover objetos con tu mente, hablar sin palabras y viajar más rápido que el viento. Pero recuerda: el poder solo existe si lo usas para ayudar a quien lo necesita.
Desde ese día, cuando Laia empuñaba el báculo, todo su cuerpo brillaba como mil luceros. Así nació Estrella, la protectora de los barrios olvidados.
Desde el primer momento en que descubrió que podía mover cosas con la mente, entendió que ese mismo impulso podía alzarla del suelo. Aprendió a volar, a empujar y atraer objetos —o enemigos— con la misma facilidad con que otros respiran. Y aunque sus hazañas podían convertirse en leyenda, se cuidaba de mantenerse lejos de las cámaras. En los barrios olvidados todos conocían a la misteriosa figura luminosa que aparecía cuando todo parecía perdido; fuera de allí, apenas quedaban rumores que se apagaban como ecos.
Por las noches ayudaba a quien lo necesitaba: rescataba a niños perdidos, atrapaba ladrones y detenía incendios con un solo rayo de energía. Pero Laia también pensaba en su madre. Sin abusar de sus poderes, empezó a hacer pequeños trabajos que le permitieron reunir suficiente dinero para comprar una casita modesta a las afueras de la ciudad. Allí, por primera vez, durmieron seguras.
Con el tiempo, estudió peluquería y, a los 18 años, comenzó a trabajar en una peluquería del barrio. De día cortaba el pelo y escuchaba historias; de noche, empuñaba el báculo y llevaba la luz a las calles oscuras.

Siempre llevaba el báculo oculto en una vieja mochila y su supertraje, cosido a mano con retales de tela resistente, esperando la siguiente llamada de auxilio. No tenía más que eso: unas botas desgastadas, guantes remendados y un corazón dispuesto a todo.
Hasta que, una noche, algo distinto ocurrió. Al regresar a casa, vio en el porche un paquete envuelto en papel oscuro, sin remitente. Al abrirlo, sus manos tocaron un tejido desconocido: blanco brillante con reflejos dorados, suave y ligero como el aire, pero que transmitía una resistencia inquebrantable. Dentro, cuidadosamente doblado, había un traje nuevo con una estrella dorada en el pecho y un elegante casco que recordaba al de la propia diosa Atenea.
Entre las piezas, una nota breve y manuscrita decía:
"Para que la luz brille más lejos."
